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AlgoLeonor se gana la vida en el mundillo del servicio doméstico, principalmente se ocupa de limpiar viviendas aunque a veces también prepara alguna comida o cuida de la higiene de algún anciano. En torno a las dieciséis horas semanales repartidas en cinco hogares distintos. Se saca entre ocho y doce euros la hora, y así va tirando. Por suerte lo que le queda por pagar de hipoteca es poco y la mensualidad le resulta asumible aun con lo que gana. Tiene dos hijos mayores, independientes, pero no van sobrados: ella peluquera eventual y él a lo que salga, ahora en Inglaterra. El marido… al carajo con el marido. A Leonor le gusta tomarse un café y leer los titulares de la prensa y la sección de cultura en la cafetería de la esquina mientras hace tiempo para entrar en el último trabajo de la mañana. Las tardes las entretiene con alguna película, leyendo novelas históricas, sacando a pasear al perro; a veces queda con las amigas y charlan, pasean y se echan unas risas, o van a las funciones del teatro municipal si no se pasan de precio.

Leonor es una fuera de la ley. No, no es que lleve una doble vida o que tenga una plantación de marihuana en su piso, cosa que por otro lado no le echaría en cara. Hace no mucho tiempo era una ciudadana honrada: hacía su papeleo, cumplía con la contribución prescriptiva, ya saben, lo propio de una trabajadora de buena ley que anda en lo del servicio doméstico. Ella y la ley eran amigas. Pero la ley es una cabrona caprichosa y de hace un tiempo para acá le ha cogido ojeriza. Ahora resulta que debe acordar contractualmente con el empleador todo el tema de salario, cotización a la seguridad social, etc. Leonor, lógicamente, se siente traicionada. Y claro, una hora aquí, otra allí, papeles, compromisos; la gente para la que trabaja no está dispuesta a complicarse la vida. Alguno al menos se molestó en pagarle un par de euros más a la hora. Fue obligado desistir, renunciar a alcanzar la jubilación mínima.

Ahora, cada día que pasa tiene que esforzarse por que la rabia no se la coma por dentro, perjura que los últimos cincuenta euros que le queden serán para ir a morirse de hambre a las puertas del Congreso de los Diputados, o de La Moncloa. Con todo esto siente un orgullo raro, poderoso, como nunca había sentido: “A mi ya no me roban más estos hijos de puta –dice a sus amigas– ya me han robado bastante, no volverán a jugar conmigo”. Intenta ver las cosas con optimismo. No sé, para mí que se está pensando lo de la plantación de marihuana.

Recursos para informarse:

http://www.empleo.gob.es/es/portada/serviciohogar/

http://www.20minutos.es/noticia/1604919/0/ley/empleadas-hogar/fracaso/

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