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Una de las recompensas más enriquecedoras y al tiempo más desconsoladoras –y paradójicamente divertidas – de estar al tanto de lo que aparece en los medios de comunicación, sobre todo si son de tan polarizadas y reduccionistas ideologías como los que nos han tocado, es la de poder constatar en vivo y en directo la enorme carga de miserables contradicciones que acarrea el ser humano.Pulula por doquier una nada despreciable cantidad, aunque en variedad exigua, así suele ser en estos casos, de personajillos públicos –prestigiados políticos y periodistas, por lo general– cuya elasticidad moral no deja de sorprenderme. Máxime cuando ellos mismos se consideran sus celosos guardianes. Tres ejemplos serán suficientes para explicarme.

El primero podría llamarse Los amiguetes de La Espe si se tratara de una película. Evidentemente no me hubiera extrañado que una caterva de punkis borrachos hubiera loado la conducta de La Espe cuando aquel día ahuecó el ala en lugar de esperar como toda ciudadana de bien a que el policía terminara sus diligencias.
De los punkis lo entendería, va en su naturaleza, siempre contra el poder. Lo que resulta histriónico es que sean algunos de los contertulios habituales de 13tv y su audiencia los que la defiendan. Eso sí que no me lo esperaba, de ellos no, los buenos católicos amantes del orden; precisamente los que más recurren al imperio de la ley en sus argumentos, los más animosos defensores del civismo y del respeto a la autoridad cuando se trata de aplastar moralmente a un chaval al que le da por hacer frente a una carga policial, o al tipo que prende fuego a una foto del rey en una manifestación. Bueno, en el momento en que puse la cadena (no tenía ninguna peli de risa a mano), un sesenta y tantos por ciento de los que andan con el mensajito de turno daban la razón a la aventada. Me juego el pellejo a que el resultado hubiera sido totalmente distinto de haber sido uno de los punkis y no La Espe quien protagonizara la travesura.

El segundo caso tiene que ver con el carácter revolucionario y activista con que nos sorprenden algunos. Hace unos meses leí una noticia en El País que me dejó perplejo: en el Hospital Público de La Paz, Madrid, pusieron a Daniela, una chica que había entrado con rotura de bolsa y veinte semanas de gestación, de patitas en la calle; aun con la evidencia de no ser posible llevar a buen término a la criatura y con grave peligro para la madre, se negaron a practicarle el aborto. Al parecer todo el Servicio de Ginecología y Obstetricia se declaraba objetor de conciencia. No seré yo quien venga a criticar la práctica de la objeción, aunque estarán de acuerdo en que este caso no parece el ideal para andarse con escrúpulos de este tipo. Aun así, seguro que no resultaría difícil dada la cantidad de médicos que no tienen problemas morales para propiciar abortos, evitar este tipo de situaciones. Con todo, hay que reconocer en todo esto una comicidad a lo Valle-Inclán; a fin de cuentas son los mismos politicastros y periodistillas que criticaban la actitud de los insumisos al servicio militar en los 80 y 90, esos que hoy se echan las manos a la cabeza ante los panfletos que animan a boicotear la LOMCE arguyendo que hay que respetar la ley como a la madre santa, los que ahora apoyan y fomentan furibundamente esta buena y sana práctica en los límites de la legalidad que es la objeción, en este caso a provocar abortos (recordad también aquel llamamiento a boicotear la asignatura de Educación para la Ciudadanía). La verdad, todo esto me tiene un poco mosqueado, a ver si va a ser que toda esta gente forma parte de una conspiración anarquista y los punkis solo son cabezas de turco…

El último ejemplo tiene que ver con el revuelo que se ha montado a causa de las agresivas declaraciones de algunos personajes tras el asesinato de Isabel Carrasco. Lógicamente han aparecido voces que han exigido que se proceda a meter en cintura a aquellos que con el cuento de la libertad de expresión se dedican a insultar al personal, cuando no a manifestar su deseo de que se solucionen las cosas por la vía rápida, es decir, con un tiro en la cabeza. El historial de sentencias condenatorias por injurias, ofensas o apología o enaltecimiento del terrorismo en los últimos años en este país es más o menos conocido. Ya hemos visto cómo condenaban a los tipos que dieron candela a la imagen del rey; la de aquellos muchachos del grupo de punk Ardor de Estómago que fueron sentenciados a pagar 900 euros de multa cada uno por llamar al rey hijo de puta y bastardo en una de sus canciones; o la del rapero Pablo Hasél, que recientemente fue castigado con dos años de cárcel por enaltecimiento del terrorismo al escribir ingenuas y coloridas letras como “Viva los GRAPO” o “No me da pena tu tiro en la nuca”. No vengo aquí a sancionar ni a apoyar este tipo de conductas sino a dejar constancia de algo conocido por todos y que ya dije arriba: la tremenda elasticidad moral de muchos de los que manejan el cotarro. Me pregunto por qué, en consecuencia con las sentencias anteriores, no se mete en cintura a aquellos que arroparon a Barrionuevo y a Vera cuando les tocó entrar en prisión; o a alguien como Cospedal, que se permite calificar de “nazismo puro” las protestas ciudadanas que reivindicaban un cambio en la despiadada ley hipotecaria. ¿Acaso tildar de nazi a una gran parte de la población por pedir justicia no es mucho más grave que llamar hijo de puta al rey? ¿O por qué no es llevado a juicio el señor Joan Rosell, que afirmó que la crisis acabará cuando los parados tengan trabajo “y lo quieran”, insultando gravemente al colectivo y haciéndolo responsable de la solución de la crisis? ¿O la señora Mónica de Oriol, que insulta indiscriminadamente a los jóvenes sin cualificación diciendo que no sirven para nada y propone hundirles más en la miseria sugiriendo reducir su salario por debajo del mínimo? ¿Y qué hay de las declaraciones y las políticas al respecto de todos esos solbes, ratos, de guindos, zapateros, sebastianes cuyas opiniones acerca de la burbuja inmobiliaria variaron del no al sí y del sí al no según sus intereses politicos? ¡Qué oportuna casualidad! ¿O debemos concluir que a pesar de su formación son idiotas? De lo contrario tal vez deberían ser juzgados por sedición dado que han antepuesto sus intereses a los del conjunto del país mediante políticas lamentables y declaraciones torticeras e interesadas, negando toda posibilidad de crear el marco socioeconómico necesario para la aplicación real de muchos principios constitucionales, convirtiéndolos así en papel mojado: igualdad, trabajo, vivienda, etc. ¿Acaso todo esto no fomenta muchas de las indeseadas apologías? Que no me jodan haciéndome creer que cuatro gatos descocados escupiendo su rabia en internet o a través de una canción son más peligrosos que toda esta banda.

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