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GOYAGRABADOSDISPARATESBoni, del que ya he hablado en otra parte, es profesor de secundaria. Anda de interino, de un lado para otro desde hace ya casi diez años. A veces repite, pero normalmente, cada comienzo de curso hace las maletas, se despide de su ciudad de origen y lleva sus ganas de enseñar a un centro nuevo, a nuevos alumnos, con nuevos compañeros. Contrariamente a lo que se podría pensar Boni reconoce que esta condición de nómada le reporta un beneficio inestimable: no tener que arrostrar durante demasiado tiempo la atmósfera ponzoñosa de algunos centros educativos. Y es que al parecer, sin ser algo general, tampoco es excepcional que en los que deberían ser santuarios de la educación de nuestros hijos se prodigue la malquerencia entre el personal del centro y sus ramificaciones, desde los conserjes, pasando por profesores, padres, jefatura, dirección y consejería hasta llegar al Ministerio. Últimamente Wert se lleva la palma. Alguno dirá que es lo típico de cualquier empresa de por aquí. El gran problema es que en el medio de todo, claro, están los alumnos. Según me comenta Boni, estas animadversiones muchas veces no tienen nada que ver con razones didácticas sino que son paridas al vuelo por eso que tiene envenenado el país, la política. A menudo es el dedo sentencioso de alguien nombrado a dedo que decide cómo tienen que funcionar las cosas en el instituto de nuestros hijos: tú, director del circo. Así, por la puta cara. Y si bien es verdad que a veces no hay dios que nos haga ponernos de acuerdo para llevar adelante un proyecto educativo, hay que reconocer que tampoco se esboza siquiera un marco normativo que permita el ensayo de una alternativa, de una organización más democrática, de una gestión humilde y de gestos y gestas nobles, amables pero firmes, que ofrezcan a profesores y alumnos el ambiente necesario de cordialidad para desarrollar la tan cacareada enseñanza de calidad. Y de creatividad, añadiría. Porque últimamente se echa bastante en falta la imaginación, por cierto, muy propicia no solo para hacer aviones de papel o estudiar humanidades sino también para hacerse rico invirtiendo en bolsa, si es eso lo que nos preocupa.

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Pero ojo, también están las mezquindades humanas, los compañeros cicateros, el afán de medrar y de ser el más guapo, ese de los 700 euros extras y un cochecito que me significa entre esos de los de la gama tirando a baja; y si no, el simple hecho de tener una medallita, cualquier cargo, competir por un responsabilidad ruinuca como coordinador del huerto de lechugas ecológicas puede ser suficiente para que se inflamen los ánimos y se manden a paseo las buenas maneras, imprescindibles para que todo fluya como es debido. Y todo eso se siente, se respira, se contagia a los alumnos.

Luego entra en el aula y da lecciones. Educación en valores: democracia, humanidad, civismo. Exige deferencia en el trato e infunde respeto por el sistema. ¡Ja! Un gallifante para el alumno que se parta el culo de risa. Como si fueran idiotas. Bueno, a este paso tal vez lo consigamos en un futuro cercano, cuando finalicen la enseñanza secundaria. Si no lo hemos conseguido ya.

 Continúa en Desventuras de un profesor I

Sería interesante que aquí abajo, en “comentarios”, dejarais testimonios de esta ralea: experiencias personales, críticas, denuncias, etc.

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