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Pero qué carajo quiere decir eso. Legal. En su defensa han repetido la palabra como cotorritas avergonzadas aun sabiendo que no significa gran cosa. Sí, vale, el que sea legal evita que sean enchironados, que no es poco. Pero voy por otro lado. Me refiero a la buscada acepción moral ligada al término cuando es esgrimido en su defensa. Hoy, los valores positivos que pudiera tener la palabra quedan pulverizados por el sentido caprichosamente arbitrario que le han inoculado los que manejan el cotarro, y eso sin salirnos de los sistemas y los tiempos democráticos. Hoy es legal, mañana no. Hoy sí, mañana no. ¡Cuántas veces al antojo y servicio de nuestra querida oligarquía! (Digo” querida” sin ironía, puesto que a fin de cuentas sigue siendo sostenida por los votos de muchos). También es legal que nuestros diputados disfruten de la pensión máxima por cotizar apenas una decena de años, amnistiar fiscalmente a los millonarios o dejar a familias sin un techo para proteger las propiedades de un banco rescatado con dinero público. Es legal. Ese es el problema, queridos.

Qué quieren que les diga. Si ya me da por saco, y esto sin entrar en sus sueldazos, que mis impuestos sirvan para engordar la comitiva europarlamentaria de personajillos que se dejan asediar vergonzosamente por grupos empresariales, señoritos éticamente incapaces de renunciar a volar en preferente o espabilados que andan por ahí de picos pardos en lugar de ocupar su escaño (son numerosas las veces que los escaños vacíos superan el 50%); no quiero ni decir cómo me sienta enterarme de que además, por si fuera poco, mi dinero es utilizado para financiar su jubilación. Acabáramos. Ni más ni menos que dos euros del erario público que daba el europarlamento por cada uno que pusieran de su bolsillo. Así, por la puta cara. ¡Pero qué es esto! Preferiría que el dinero me lo sacara un ratero a punta de navaja en un callejón.

Y nos vienen con que no sabían nada. Bueno, puede ser, pero en realidad no sé qué es peor, si ser tan estúpido como para no informarse sobre los tejemanejes de su fondo de inversión o saberlo y tirar millas. Y después del “no sabía nada”, el “es legal”. El chanchullo es legal. Ese es el problema. Ya no hablo de la SICAV o de Paraíso Luxemburgo, ni siquiera de dónde invierten su dinero, aspectos sin duda importantes pero que a mi parecer pasan de refilón sobre el verdadero problema. Lo que me revienta es saber dónde invierten MI dinero. ¿Cómo es eso de que el currante tenga que pagar la jubilación a todo lujo de esta banda? Ya podía encontrar el ciudadano de a pie un chollo tal.

Con toda la gravedad que podamos ver en el asunto acerca de la factible estupidez o inmoralidad de nuestros políticos, a mi modo de ver lo patéticamente revelador de esta noticia es comprobar cómo los fundamentos del atractivo proyecto europeísta y sus instituciones no son más que la extensión de la cochambre estructural que sufren los países que lo componen. Luego les extrañará que haya quien quiera ver demolido piedra a piedra el europarlamento, o el congreso de su país. ¿Qué razones esgrimirán para convencerle de lo contrario? ¿Que es ilegal? ¿Que es donde reside la soberanía del pueblo? Bonito pretexto para salvaguardar sus intereses. Ya no vale. Les sorprenderá que se pasen su idea de legalidad por el forro, pero entonces deberían recordar que han sido ellos los primeros que han pervertido el significado de la palabra sepultando ante la indignación lo que pudiera tener de bueno.

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