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Recientemente he visto la película Crónica de una mentira. Es francesa. Con una narrativa sobria y fluida nos cuenta un episodio de la vida de alguien a quien podríamos calificar de auténtico hijo de puta. Al menos al principio de la película. Se trata de un tipo que llega a una región con una alta tasa de paro con el cuento de que va a poner en marcha las obras de un tramo del autopista y se lleva de calle a las empresas locales, con las consiguientes “comisiones” de tapadillo que les exige si quieren la concesión. El caso es que a pesar de dar pruebas de ser un descarado sinvergüenza, como va a llevar trabajo al pueblo la gente se pone de lo más contenta y lo trata como un héroe. Hasta aquí. No quiero desvelar el final.

La cosa es que me recordó un episodio de mi vida anterior, hace ya muchos años, cuando trabajé en el mundo de la hostelería. Había ido a parar a uno de esos restaurantes sin personalidad, atestado de gente en verano y prestigiado únicamente por lucirse al pie del paseo marítimo que circunda la playa de San Lorenzo, en Gijón, a partir de lo que los locales llaman el “tostaderu”. La verdad, no duré mucho. Tal vez fuera un blando de cojones, dirán algunos, pero es que no encontré nada bueno allí, excepto algún compañero. Y el gato. Sí, había un simpático gato que pululaba por la cocina como Pedro por su casa cuya razón de estar, según me dijo una compañera, era “por el ratón”, a quien no tuve la suerte de conocer. Aunque sí vi sus cagaditas repartidas por toda la cocina. El caso es que prácticamente la totalidad de los que trabajábamos allí estábamos asegurados a media jornada. Por supuesto dábamos el callo más de ocho horas al día. Vamos, que estaban robando descaradamente a los empleados (cotización, paro), a la Seguridad Social (o sea, a todos los españoles y a un buen puñado de inmigrantes), y a Hacienda (o sea, a todos los españoles y a un buen puñado de inmigrantes). Lo pongo entre paréntesis porque a veces se nos olvidan las implicaciones de estos chanchullos. Pero atentos, cuando la tipa que llevaba el tema de los contratos vino a pedirme la firma varios días después de haber empezado y le dije que o me hacían un contrato a jornada completa o me largaba, me soltó: “no sé de qué te quejas, está todo el mundo así, es lo normal”. Y lo dijo como os digo, sin titubear, con la naturalidad del que está convencido de que para sacar tajada en la vida es preciso joder al personal. Eran los buenos tiempos, si es que alguna vez hubo buenos tiempos, y era lo normal. Supongo que ahora lo normal será trabajar por un techo y un plato de lentejas, con derecho de pernada. Debo decir aquí que en aquel momento casi todos los que trabajábamos allí éramos españolitos de pro. Lo digo a modo de anécdota por aquello que estaba muy de moda argüir entonces en contra de la inmigración, que los inmigrantes nos quitaban el trabajo porque se rebajaban más y todo eso.

Visto lo visto decidí despedirme de aquel chiringuito, de aquella asquerosa y de los pringados que trabajaban allí. Supongo que mientras ellos están allí dando el callo para enriquecer al jefe (al que no conocí en lo pocos días que estuve), este se dedica a tomar el sol en la playa o a mover palitos de golf o a lo que quiera que sea en que ocupe su tiempo libre la gentuza de su ralea. Me enteré tiempo después por los periódicos de que se trata de un reconocido empresario que corre que se las pela para hacer valer sus derechos tanto o más como corre para olvidar los de sus empleados. Mi último y triunfal día supe por algún compañero que el restaurante tenía ya varias denuncias hechas por trabajadores o extrabajadores. El caso es que ahí sigue, indestronable tirano alimentado por la ociosidad de aquellos a quienes se les antoja un piscolabis en un día de playa. Manda cojones. Y me pregunto, ¿a qué cojones se dedica la inspección de trabajo? Supongo que a quejarse de la cantidad de actividades empresariales que tienen que supervisar y del poco personal del que disponen para ello, en lugar de ir a tiro fijo. La historia de siempre, y los empleados no se juegan el puesto. Como ven, toda una película. ¡Bah! Fue en una vida anterior. Prefiero pensar en el gato y en el ratón. Espero que sigan por ahí, jugando, que se hayan hecho amigos. O que hayan muerto de viejos.

Les recomiendo la película.

 

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