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Peña no esperó a que la ley le dijera que podía trabajar y cuando tuvo quince años decidió ganarse el pan como ayudante de un albañil del barrio en lugar de andar todo el día por ahí de pingo o aburriendo a la vida y a los profesores en el instituto. La cosa fue rápida. En un par de años pasó a trabajar en una empresa y en otros dos, como eran los tiempos de esplendor del ladrillo y él siempre había sido espabilado, optó como muchos por ganarse un buen dinero trabajando a destajo por cuenta propia. Se especializó pronto en poner caravista y lograba sacarse unos tres mil netos al mes, eso sí, a base de trabajar entre cincuenta y sesenta horas semanales. Para su edad no gestionaba mal su dinero, que repartía entre la contribución prescriptiva al hogar familiar, su hucha y el ocio personal. Cuando salía de movida los fines de semana y se encontraba con antiguos compañeros de instituto que seguían estudiando se reafirmaba en su decisión. ¿Para qué estudiar durante años si ya tenía un trabajo que le gustaba y, además, bien pagado? ¿Acaso no es ese el objetivo? Cuando les decía lo que ganaba los demás se miraban incrédulos, aunque después de que los invitara a varios cacharros acababan asumiendo desconcertados que se estaban perdiendo algo en todo el asunto. Ahora ganaba más que cualquiera de sus profesores.

Con el tiempo llegó una mujer, que le dio un hijo, la felicidad; se hicieron un nido para la familia en un pisito modesto con una hipoteca de quinientos mensuales, a cuyo interior le dedicaron tales esfuerzos que parecía de foto de revista de decoración. Luego llegó el segundo hijo. Se podría decir que vivían más o menos holgadamente con el sueldo de los dos, así que decidieron comprar un coche de primera, algo sencillo, un Altea. Y así unos tres años en los que se ocuparon de quererse y vivir la vida con los amigos y criar a los hijos, salir de parrillas y parrandas, ir al cine, la playa… ¿Acaso no es ese el objetivo?

El resto es conocido. Primero se acabaron las horas extras, luego se acabó la construcción, pasó a dedicarse a las reformas, después la mujer se quedó en el paro, y finalmente él decidió darse de baja como autónomo en la seguridad social. De esto hace ya tres años. Peña es un fuera de la ley. Ahora anda a chollos, que no son ningún chollo. Entre una cosa y otra consigue sacarse entre setecientos y novecientos mensuales. Ha decidido que en lugar de pagar los doscientos y pico de la seguridad social y el IVA, va a pagar la hipoteca, la comida, el material escolar de sus hijos, su ropa, que ahora crecen que se las pelan. Ya han vendido los espléndidos muebles en plan revista de decoración. Han bajado de nivel y se pregunta qué coño ha pasado. El Altea lo cambiaron por un buen dinero y un viejo ZX. Espera que no le pillen. Parece que lo de ser un fuera de la ley va para largo. Como sabe bien, los que manejan el cotarro no tienen este tipo de problemas como para romperse la cabeza y encontrar una solución. Pero qué coño, hay que vivir, ¿no?

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