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Hubo un tiempo en que Victoria creía haber dado con un buen marido porque nunca le había contagiado ninguna enfermedad venérea. Y si es cierto que jamás sufrió la calamidad de alimentar a bichitos oriundos de los genitales de otra ni tuvo que ser vaciada para prevenir un cáncer de útero, como le había sucedido a alguna de sus amigas, sí tuvo que soportar durante años las caprichosas palizas del hombre por el que una vez había suspirado de deseo. Y lo sobrellevó como algo natural. Así eran las cosas.

Luego llegó a los medios de comunicación todo eso de la violencia de género, las reivindicaciones y los juicios, y las esposas asesinadas hasta en la sopa, y poco a poco algo fue cambiando en su forma de ver las cosas. Al principio trató de dialogar con él, razonar, pero el hombre despreció la ayuda que su compañera le ofrecía para hacerle mejor persona y ponerle a la altura de los tiempos e insistió en continuar siendo una hijo de la gran puta. Así que cuando ya andaba ella cerca de los sesenta se aventuró a proponerle el divorcio, pero lo único que consiguió fue acabar en el hospital explicando cómo se había caído por las escaleras. Entonces recurrió aquí y allá, psicólogos, asociaciones, servicios sociales, sin embargo las vías de escape siempre acababan revelándose lentas y peligrosas.

Fue mientras tomaba su café de media mañana en la misma penumbra triste de todos los días cuando uno de los anuncios clasificados del periódico que leía vino a iluminar su futuro como una revelación bíblica: “Se precisa señora interna para cuidar a señora mayor. Dos días libres a la semana y salario a convenir. Tlf…”. Concertó una cita a escondidas de su marido y llegó a un acuerdo con la mujer, una tal Leonor, hija de la anciana que tendría que cuidar y de la que se llevaría su pensión, unos setecientos euros, con alojamiento y comida pagos, a condición de cuidarla, hacer la comida, estar disponible las noches….

El día anterior a su planeada fuga sucedió algo inesperado. El 3 de noviembre de 2007 a eso de las ocho de la tarde su marido llegó caliente a casa, con ganas de gresca. Pero en esta ocasión Victoria se encaró a él. Por una vez el alcohol se puso de su parte e hizo que el marido diera un traspié cuando se abalanzaba sobre ella con el puño en alto, haciéndole caer aparatosamente sobre el suelo. Victoria, con decisión alimentada por tantos años de golpes, no permitió que se volviera a levantar. Enardecida por el hálito del porvenir anhelado desde la entrevista agarró un cuchillo y le atravesó la garganta.

Hoy, Victoria es una fuera de la ley: a pesar de que Leonor le propuso darla de alta en la seguridad social ella prefiere evitar todo lo que tenga que ver con seguros, altas y demás inoportunos trámites. A pesar de ello se siente libre, ha logrado dejar atrás los remordimientos y consigue disfrutar de la vida. Aunque echa en falta hablar con alguien del asunto. Tal vez con Leonor, algún día de estos. Parece una mujer abierta. De hecho tiene una pequeña plantación de marihuana en su terraza con la que se saca un pequeño dinero, para ir tirando, según dice. En otro tiempo Victoria se hubiera echado las manos a la cabeza. Hoy aprovecha la coyuntura, y a sus casi setenta años le ha cogido el gusto a fumarse un porrín de tanto en tanto, en sus días libres.

 

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