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Hace ya un buen tiempo tuve la oportunidad de participar en una especie de estudio de mercado sobre las tendencias de consumo –no de lectura– de prensa diaria de provincias. El trabajo estaba promovido por uno de los dos principales periódicos de la región y tenía como objetivo evaluar sus puntos fuertes y sus debilidades en relación con el de la competencia. Para ello, varias personas fuimos citadas en la sala de un hotel con un responsable del mismo, un tipo de barba, serio, que nos formuló preguntas en plan por qué compras este periódico o este otro, qué te parecen las promociones, qué es lo que te ha llevado a ser abandonista, cuál crees que es su valor frente al otro, etc. La entrevista fue derivando hacia un debate entre los participantes aparentemente espontáneo en el que unos defendían el prestigio de las firmas de opinión de uno de los periódicos frente a los que priorizaban los westerns que podías adquirir con el otro; el primero tenía un estupendo coleccionable de la historia de la región pero escoraba demasiado a la derecha… y el hombre escuchaba muy atento, abría mucho los ojos admirado por algunas de las reflexiones y tomaba notas de tanto en tanto en su cuadernillo. Se le notaba verdaderamente interesado en saber nuestra opinión. Me dio un poco de pena.

De aquella andaba yo en paro, aunque probablemente podamos asumir que esto es anecdótico. Un día me encontré con mi vecino y me preguntó si me interesaba ganar cuarenta euros. Cauto, esperé a que me informara de lo que tenía que hacer. Únicamente debía presentarme a tal hora en tal hotel y participar en una entrevista simulando ser abandonista de uno de los periódicos mencionados, por equis motivos (creo que para mí el mayor aliciente de comprar un periódico era John Wayne). Como en realidad la cosa no estaba muy lejos de la realidad representé mi papel estupendamente. Cuando salí pude hablar con una responsable de la empresa contratada por el periódico en cuestión para gestionar la búsqueda de personas que participaran en la entrevista. Me explicó que estas debían tener determinado perfil, y en lugar de andar perdiendo el tiempo buscándolas se las inventaban. Entre sus amigos. Todo había sido un cuento que el tipo de la barba, en su ignorancia, consideró enormemente provechoso.

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