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Muy señora mía:

La razón la dignifica. Hoy tuve la ocasión de salir en su defensa en la cola del súper, cuando dos energúmenos de estos a los que les gusta ir por ahí regalando discursitos como si fueran verdaderas revelaciones tuvieron la indecencia de meterse con usted. Omito las palabras gruesas que le dedicaron; en resumen, le achacaban falta de ejemplaridad. ¿Cómo vas a motivar a los niños para que estudien y sean personas como dios manda si están viendo todos los días que los buenos, los que estudian son unos pringaos y quien se lleva la pasta siempre anda entre telares, y no de lana precisamente? Ahora la Ana Mato, 1000 euros más de lo que ganaba como diputada. Algo así decían. Ya ve usted qué originalidades se encuentra una haciendo la compra. El caso es que todavía me sorprende comprobar la facilidad con que ciertas personas se dejan convencer por esos medios, evidentemente faltos de recursos y de ética periodística, que se han ensañado con usted: que si no sabía que tenía un Jaguar en el garaje, que si la gestión del ébola fue nefasta; que si dejó en la estacada a los enfermos de hepatitis después de darles la esperanza de que su medicamento sería subvencionado (creo que ahora se plantean presentarle una querella criminal)… pero no hay de qué preocuparse, ya sabe lo que reza el dicho, donde no hay mata no hay patata. Luego nos vienen con lo de siempre, la juventud, su meteórica carrera, y nos cuentan la historia de que entró a vivir del partido con veintipocos años de la mano de su entonces profesor de Ciencias Políticas, el entonces secretario general de Alianza Popular Jorge “Renegado” Verstrynge.  Y para rematarla, sin piedad, lo de la Gurtel, pero ¿qué culpa tiene de que su entonces marido sea un supuesto vivales? Usted no meta la mano en la saca, Paca, y andando con la cabeza bien alta, como la infanta, inmaculada. No sé qué leches de a título lucrativo, según el juez, y a correr. ¿A quién le amarga un dulce de miles de euros en viajes y complementos de Louis Vuitton? Y les dejó con un palmo de narices cuando dimitió como diputada, gesto noble donde los haya. Lo que no sabían es que tenía su as en la manga. Para que digan luego que no está usted preparada.

¡Claro que usted tiene derecho a detentar el cargo público de vicepresidenta de la Comisión de Cooperación Internacional y no sé qué narices más! Faltaría. ¿O es que algún tribunal ha dictaminado lo contrario? De hecho, siendo rigurosos con esto de la democracia, usted tiene el mismo derecho al cargo que la cajera del súper o que Rita la Cantaora. A los dos ilustrados de la cola del súper tuve que darles una pequeñita lección de argumentación básica. Y es que la polisemia de las palabras puede ser muy dañina cuando se utiliza de forma torticera. Ellos no le negaban a usted el derecho, en su sentido jurídico, de ocupar el cargo, sino que se escandalizaban de que, según ellos, hiciera bandera de este cuando lo que está en cuestión es otro derecho, el que apela a la legitimidad moral. Ahora bien, en este país nuestro en el que la política es campo abonado para trepas y vivales de toda especie, medio de vida de gente que apenas pisó las arenas del verdadero mundo laboral, vertedero donde la corrupción está tan normalizada que hay abiertas más de 700 causas contra los partidos políticos o sus miembros –sin duda un iceberg del que solo una pequeña parte sale a la superficie–, y la moral es algo –vaya a saber qué– que solo sirve para amargarnos la vida, ¿quién da lecciones? Estoy con usted. No solo tiene derecho a ocupar el cargo sino que precisamente su preparación ha alcanzado el grado de excelencia. Ejemplaridad es precisamente lo que usted representa en todo este cisco. Y con respecto a los niños, les dije, a ver si empezamos a ser realistas, releche, empiecen a enseñarles que no vivimos en los mundos de Yuppi.

Es todo. La dejo, me voy a freír espárragos.

P.D.: a ver si tenemos la oportunidad de tomarnos un café juntas algún día. Si le cuadra podría llamar a su compi Lucía Figar, y así charlamos las tres un rato.

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