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Hay un tipo de necio que es especialista en llevar la contraria a la menor oportunidad. Siempre encuentra algún motivo. Suele recurrir a determinadas expresiones para reforzar su opinión, como si estas fueran garantía irrefutable del rigor de su criterio: “antes de ser capitán fui marinero”, “tengo el culo pelado de…”, “soy perro viejo”; y no tiene ningún problema en recurrir al ataque personal si con ello pondera su experiencia en detrimento de la del otro: “todavía no caíste del guindo”, “cuando tengas unos años más sabrás que…”.

Supongo que de pequeñito no recibió suficientes abrazos, o no le aplaudieron lo suficiente sus pequeños logros cotidianos. Quizás sus primeras sonrisas, los pasos inaugurales, su entrada al mundo de las palabras fueran acontecimientos tan celebrados en casa como el crecimiento de los geranios de la repisa de la ventana. Y ahora, de mayor, tenemos que aguantarle el tirón en su búsqueda furibunda de la autoestima. En su cara, con el paso del tiempo, se ha fosilizado un mohín de cinismo. Es de trato complicado, charlar con él es pasatiempo inútil, o imposible porque siempre intenta levantar controversia, generar una discusión para tener la oportunidad de ganar otra batallita retórica. La mayor aventura en su vida puede ser una disputa en la barra del bar. O en el trabajo. O en la parada de bus. O en una comida familiar. O en una fiesta entre amigos. Puede estar en cualquier lugar. Suele ser prepotente y balandrón. Lo normal es que trate de hacerte creer que sus razones son tan evidentes y universales que si no las entiendes eres un idiota del quinto pa arriba, y no hay ninguna duda de que arreglaría el mundo en menos que canta un gallo si le dieran la oportunidad. No se puede explicar que no cuenten con él en estos tiempos. El caso es que suda la gota gorda para construir un argumento al derecho. Él solito se enreda en una vorágine de paráfrasis, falacias y circunloquios, y únicamente después de que hayas sentido un par de veces la necesidad de largarte y dejarle con la palabra en la boca, o de habérsela cerrado de una hostia, todo depende de la naturaleza animal de cada uno, te das cuenta de que realmente opina lo mismo que tú.

Te suele venir con el cuento de que “antes de ser fraile fui cocinero”, de que “sabe más el diablo por viejo que por diablo” o de que “ya corté mucho bacalao” ; arremete con que “todavía te falta un hervor”, con que “estás sin destocinar”, o sentencia que “cuando seas mayor comerás huevo”. Por supuesto, no se le ocurre pensar al necio que su veteranía en este mundo únicamente le garantiza una larga y profunda barba blanca a su estupidez.

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