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Me dice mi amigo profesor que los docentes, como colectivo, sufren la paradoja de ser a un tiempo personas inteligentes e idiotas; de ejercer la filantropía vocacional y un egoísmo virulento; de ser al tiempo gente culta y educada y hienas rabiosas que se pelean a dentelladas por un trozo de carroña. Si pueden llevarse mal, se llevarán mal, sentencia.

Estas reflexiones tuvieron lugar a raíz de la última huelga estudiantil de tres días. Algunos profesores la consideraron un despropósito; otros mostraban idéntica consideración hacia la actitud de los sindicatos por no convocar una huelga de docentes. Entonces, claro, salieron a relucir las valoraciones personales. Y las malas caras. Y la mala leche. Cada uno con una opinión acerca de qué es lo mejor, principalmente lo peor, para reivindicar derechos, protestar, ejercer una presión patente y sostenible sobre los de arriba: las huelgas no sirven para nada, un día de huelga es un día de ahorro para la consejería, es seguir el juego a los sindicatos, una huelga indefinida no sería suficientemente secundada, en junio no conviene hacer huelga porque perjudicas seriamente a los alumnos y pones en contra a las familias, no estoy dispuesto a perder ni un día de sueldo –sacrificar el gimnasio, internet, la tele por cable, el fin de semana en el balneario, o el colegio privado del nene o el cochecito o mis zapatitos de pringado de marca mayor, uf, vivo al límite– y dejar de firmar actas es arriesgarse a que te sancionen, y a ver quién es el guapo que se encierra primero, todo para que luego te den la patada… Es lo que tiene la inteligencia y la cultura pasadas por el tamiz del individualismo, siempre se encuentran razones para continuar trabajando diligentemente y aun así conservar la conciencia sin mácula, con la certeza de que esa decisión, elaborada argumentalmente, es la correcta. Y así se hace el caldo gordo a los amos. A los amos de leyes y programas verbeneros, de mentiras y puteríos de punta en blanco cuyos despojos recogen con la lengua los alumnos y los profesores en los centros educativos.

Supongo que esta paradójica idiosincrasia del colectivo docente es un residuo de la vanidad intelectual, un producto de esa pátina de egocentrismo inexorable pulida tras muchos años de estudio y de carrera profesional llenos de obstáculos en los que la meta individual, no sin cierta lógica maquiavélica, suele sepultar los intereses colectivos, olvidando que aquella rara vez es algo sin estos. Y es que muchas veces ni la inteligencia ni la cultura son garantía de obrar bien. Imaginen qué distintas serían las cosas si sucediera lo contrario, si esa inteligencia y esa cultura fueran proyectadas hacia la búsqueda tenaz de unas aspiraciones comunes, de comunes razones para hacer lo que quiera que sea que sirva para lograr sus propósitos. Imaginen. Imaginen, y obren en consecuencia. Por el bien de todos.

Coda

Mi amigo profesor, que a mi parecer es un tipo ingenioso que trata de hacer eso que aconsejan los pedagogos de llevar la realidad al aula, aprovechó esos días para darles a conocer a los alumnos lo que es el trabajo periodístico de verdad. Y el de juguete. Les enseñó varios diarios que venían a decir más o menos lo de siempre: tantos secundaron la huelga según los sindicatos, tantos menos según la consejería. Y entonces les propuso buscar eso que llaman la verdad. Llamaron a distintos institutos de la provincia para preguntar a los responsables los porcentajes de seguimiento de la huelga. Tras hacer una valoración llegaron a la conclusión de que todos mienten. Consejería, sindicatos, todos mienten. Con una diferencia, la consejería miente a lo bestia. A ver si va a ser que las huelgas sirvan para algo.

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