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Todos echaron a correr las teclas para hablar sobre Carolina Bescansa, su bebé y el Congreso. Los unos que si un circo –sin novedad en el Congreso– y los otros que estupendo. La mayoría se quedó paradita dándole vueltas al hecho, engordando artículos y tertulias, y con esas han conseguido recordarnos –aunque hay muchos que no pueden olvidarlo– que todavía vivimos en un país de paletos, gilipollas y miserables en el que a las madres les dan una patada en el culo después de cuatro meses y ahí se apañen para criar al bebé, para darle afecto, para amamantarlo durante dos años, como recomiendan los especialistas. Cuatro meses y a la caja, o a cortar el pelo, o a limpiar los portales… Y el pobre nene sin su teta. Y sin todo lo demás. Bueno, y eso contando que el compañero trabaje y puedan dejarlo en un jardín de infancia, o con los abuelos… ¡ocho horas! Y si no… alguien va a tener que dejar de trabajar. Pero entonces, con un sueldo de 800 euros…  ¡los que lleguen! Anda que si solo tiene un padre o una madre… Y otros con niñera, qué suerte. Y con guardería en el Congreso de los Diputados. Lujazo. Para mí que eso que he oído de que en otros sitios dan permiso maternal de dos años demuestra que hay vida en otros planetas.

Lo que significa todo esto es que Carolina camina un paso por delante. Ella sabía muy bien la que se iba a armar porque tiene muy estudiado cómo funcionan las cosas aquí. Lo curioso de estos días ha sido comprobar cómo la mayoría de los medios de comunicación y gran parte de la sociedad, en mucho inducida por aquellos, se han aprestado al ejercicio onanista de la logomaquia. Venga, ¡vamos a ponerle nombrecitos al asunto! Bueno, no tan inútil para aquellos periodistas a los que les pagan por escribir artículos-chorrada en plan tertulia de Sálvame. El caso es que todo este circo –esto sí que es un circo, incluyendo lo que lees– es el síntoma de una sociedad que anda bastante jodidita. Lo gracioso de todo es que, y por eso digo que Bescansa va un paso por delante, a buen seguro que los que menos la defraudaron fueron precisamente aquellos que se pusieron a farfullar sobre circo, cachondeo, falta de respeto a las instituciones, mala imagen y no sé cuántas estupideces más. Es un hecho: fueron los que más la –los– recompensaron. Y al final, probablemente las razones de llevar a Diegito al Congreso fueran de la mayor candidez. Seguro que Bescansa se imaginó un invierno, dentro de unos años, con el chaval adolescente, los dos en el sofá del salón de casa viendo los videos, las noticias, leyendo los artículos sobre el caso mientras se toman un chocolate con churros y se hacen una risas de lo que decía este o el otro, y entonces se dijo: “hoy, Dieguito, voy a alegrarnos un día dentro de quince años”, cogió, se puso el porteo y para allá se fue.

¿Que si usó políticamente al bebé?; bueno, yo diría que más bien se lo usaron, porque vivimos en un país de paletos, gilipollas y miserables… aunque, evidente, eso Carolina lo sabe.

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